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Así subvenciona la UE a los grandes terratenientes y olvida a los productores más verdes: un nuevo estudio lo demuestra

Por Murray Scown, Kimberly Nicholas y Mark Brady *

La Política Agraria Común, o PAC, es la partida más grande del presupuesto de la Unión Europea. Con los 60.000 millones de euros en ayudas que reparte cada año, se espera que la PAC sirva para apoyar las rentas de agricultores y ganaderas, asegurar el suministro de alimentos de calidad, proteger la biodiversidad, hacer frente al cambio climático o favorecer la incorporación de jóvenes al campo.

Es difícil determinar si la Unión Europea está consiguiendo alcanzar estos objetivos, debido a un cóctel de: falta de transparencia, complejidad en el registro de los datos y una evaluación insuficiente. Sin embargo,el éxito del Pacto Verde Europeo y de una recuperación verde post COVID-19 dependen de que estas ayudas estén bien invertidas.

En nuestro nuevo estudio, hemos descubierto que la PAC no está a la altura de lo que se espera de ella.

El verdadero destino de las ayudas de la PAC

Analizamos cuidadosamente cómo los subsidios fluyen desde Bruselas hasta la realidad local. Vinculamos los pagos con su supuesto objetivo dentro de la PAC –como por ejemplo, mejorar la biodiversidad o crear nuevas oportunidades para jóvenes agricultores– y lo comparamos con dónde iban realmente a parar.

Nuestro análisis ha revelado que al menos 24.000 millones de euros anuales de la PAC corresponden a pagos directos hacia las regiones agrarias más ricas de la UE y con menos puestos de trabajo en el sector. Al mismo tiempo, las regiones más pobres, con el mayor empleo agrario, se quedan en el olvido. Estos pagos directos serían más que suficientes para cubrir los 20.000 millones de euros anuales necesarios para cumplir la Estrategia Europea de Biodiversidad, o podrían utilizarse para cumplir otros objetivos en regiones con mayores necesidades.

Nuestros resultados muestran que la PAC actual está agravando las desigualdades entre productores, porque los pagos directos se basan tan solo en la superficie que se gestiona, y no en las necesidades de la agricultora o ganadero. Cuanto más grande es la explotación, mayor el pago.

El modo en que se distribuyen este tipo de pagos no requiere prueba alguna de prácticas beneficiosas para el medio ambiente: todo el mundo obtiene la misma subvención por cada hectárea de terreno. Así, la mayor parte del presupuesto público de la PAC se está repartiendo bajo un principio injusto.

Y lo que es más sorprendente, también descubrimos que cuantiosos pagos destinados al desarrollo rural se están dirigiendo en realidad hacia zonas urbanas.

Renta de las explotaciones agrarias de la UE comparada con sus emisiones de gases de efecto invernadero

Autor: Murray Scown

La PAC no solo ha fallado a la hora de apoyar a los productores que más lo necesitan. Nuestro estudio muestra además que la PAC está subvencionando a las regiones con las prácticas agrarias más contaminantes y menos respetuosas con la biodiversidad. Las regiones responsables de las mayores emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la ganadería industrial, están recibiendo miles de millones de euros cada año sin contrapartidas ni la obligación de reducir la contaminación.

En su forma actual, es muy poco probable que la PAC contribuya realmente a una recuperación verde tras la pandemia del coronavirus, ni a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) tal y como anhela la Comisión Europea.

Repensando la PAC

Los detalles de la futura PAC post-2020 se están decidiendo en un arduo debate entre los estados miembros. Pero ninguna de las propuestas pretende resolver estos fallos de raíz en la PAC, porque mantienen el modelo de distribución de los pagos. Estos errores de base podrían afrontarse si, por ejemplo, se eliminasen los pagos basados en superficie. Pero este cambio de rumbo requeriría de voluntad política.

Los pagos directos deberían estar basados en las necesidades de sus receptores, como ocurre con otras subvenciones públicas. Eso significa que los solicitantes deberían demostrar que necesitan un apoyo a su renta, de acuerdo a criterios objetivos, considerando todas sus fuentes de ingresos. De lo contrario, los agricultores y ganaderas sólo deberían ser recompensados si contribuyen a ofrecer bienes y servicios públicos.

Así, se apoyaría a los agricultores de las regiones más contaminantes, para que reduzcan sus emisiones. Del mismo modo, los productores de las regiones menos afortunadas recibirían subvenciones por la provisión de servicios ecosistémicos. Un ejemplo sería la ganadería extensiva, que mantiene sistemas de alto valor natural ricos en biodiversidad, como los pastos de montaña. Estos cambios mejorarían drásticamente la forma en que se reparten las ayudas actualmente, dejando atrás el sistema basado, sencillamente, en cuanta tierra posee una persona.

También debe evaluarse mejor de qué modo benefician al medio ambiente las ayudas de la PAC. Un modo sencillo sería registrar, utilizando satélites o la toma de imágenes sobre el terreno de forma colaborativa, la superficie de pastizales y áreas de interés natural en cada una de las parcelas: se recompensaría el cuidado de esas áreas, reduciéndose las subvenciones si se eliminan o aumentando si se expanden. Estas zonas sin cultivar son muy beneficiosas para la biodiversidad, pero normalmente se destruyen si no se paga al agricultor por mantenerlas.

Una PAC rediseñada podría recompensar a los agricultores en función de las áreas biodiversas de pastizales que mantengan. Thomas Marx / Shutterstock

Otra posible acción es que la PAC financie la reducción de la contaminación, por ejemplo el nivel de nitrógeno en los ríos o las emisiones de gases de efecto invernadero, evaluando continuamente esa reducción respecto a una línea base.

Las agricultoras y ganaderos son los guardianes de gran parte del territorio de la Unión Europea, y también de sus paisajes, su vida salvaje y sus ecosistemas. Asegurar el suministro de alimentos en el futuro dependerá de que mantengamos hoy unos suelos fértiles y una rica biodiversidad.

Pero los subsidios perversos a la agricultura y la ganadería están destruyendo el medio ambiente, del que depende toda la producción de alimentos. Si queremos preservar la seguridad alimentaria y el medio ambiente para las futuras generaciones, las negociaciones sobre la nueva PAC deben abordar ya el cambio del modelo, desigual y poco eficiente con el que se reparte esta gran partida del presupuesto de la Unión Europea.

Este artículo es una traducción de uno publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Sobre sus autores:

Murray Scown es investigador postdoctoral en Medio Ambiente y Sostenibilidad en la Universidad de Utrecht.

Kimberly Nicholas es profesora asociada en ciencias de la Sostenibilidad en la Universidad de Lund.

Mark Brady es profesor asociado en Economía Agrícola y Ambiental en la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas.

 

 

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