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Agricultura, política, carne y territorio

El desarrollo de una política común a varios países constituye un logro complejo y arduo de gestionar. Más aún si sumamos la dificultad del sector agrario, responsable del manejo de una enorme superficie territorial, suministro principal de alimentos para la población, fuente de empleo y calidad de vida y uno de los principales escenarios donde se expresan las funciones ecológicas que soportan la vida en nuestro planeta. Este tipo de políticas, no obstante, necesita una estrategia clara y coherente detrás, para evitar convertirse en un bote a la deriva, sujeta a los vaivenes de intereses individuales y urgencias coyunturales.

El caso de la producción de alimentos, y en concreto los procedentes de la cría de animales, ejemplifica esta pérdida de rumbo en el caso de la Política Agraria Común (PAC). El mantra de la productividad ha permitido aplicar los mismos criterios a la industria de bienes de consumo que a nuestra disponibilidad de productos ganaderos, reduciendo sustancialmente los precios, pero enlazando la alimentación con flujos industriales que escapan de nuestro control, disminuyen nuestra capacidad de decidir y aumentan la fragilidad ante riesgos y situaciones críticas. Podría pensarse que esta situación es favorable, puesto que ha permitido un acceso multitudinario a alimentos parecidos a los que antes eran exclusivos de las élites, pero, pensándolo fríamente y según numerosas publicaciones científicas, no comemos mejor que hace 25 años.[1]

La falta de una estrategia pública y consensuada detrás de la apuesta por industrializar y concentrar la producción nos deja desnortados, inundados de carne barata y accesible a la par que sometidos a una creciente insalubridad, apreciable, por ejemplo en el crecimiento de la obesidad infantil. El planteamiento de la PAC se centra en apoyar este modelo productivo, fundamentalmente por su gran volumen exportador y por los sustanciosos dividendos que genera en las grandes empresas que lo manejan. El problema, además del ambiental, es que este aparente resultado económico no se traduce ni en empleo ni en el mantenimiento de los espacios rurales, mostrándose inútil frente al abandono y la despoblación.

Al mismo tiempo, la ganadería extensiva, sobre todo la de pequeños rumiantes, languidece y se apaga ante la indiferencia de las políticas públicas. Y cada año se cierran explotaciones, se jubilan o abandonan pastores, se sacrifican rebaños enteros y se pierde una actividad que alimentó no sólo nuestro estómago, sino también nuestra cultura y nuestra capacidad de manejar el territorio. La política agraria ha puesto todos los huevos en la cesta productivista, apostando por la concentración, la producción en masa y la exportación, sin preocuparse ni por el destino de los agricultores ni por su relevo, y, en un alarde de falta de visión estratégica, abandonando el territorio a su suerte. La situación actual del medio rural no es sólo culpa de las políticas agrarias, pero claramente, la PAC no ha hecho su parte a la hora de contrarrestar la desertificación socioeconómica. La ausencia de pastoreo y el abandono de la producción animal tienen efectos mucho más nocivos en el medio natural que el aprovechamiento de los pastos. El incremento de la destrucción causada por los incendios forestales no es más que un síntoma espectacular, a cuya exhibición asistimos, horrorizados, año tras año.

Y llegados a este punto, es importante apuntar a la información que reciben los consumidores y consumidoras sobre la PAC. La sociedad desconoce que la producción y consumo de carne y lácteos no tienen por qué degradar ni nuestra salud ni nuestro entorno, sino que pueden contribuir al bienestar de las personas, generando un entorno más rico y diverso y manteniendo los niveles ambiental, social y económico de nuestro espacio rural?[2]

Esta realidad es en gran medida desconocida para los espacios urbanos que, sin embargo, son los potenciales aliados para apoyar la ganadería extensiva, al preocuparse tanto por su alimentación como por el impacto que ésta tiene en el medio y en los propios productores. A pesar de las múltiples iniciativas que tratan de mantener un mundo rural vivo, cada vez es más grande la desconexión existente entre el medio urbano y el medio rural, y mayor el desconocimiento de las prácticas agropecuarias sostenibles. De esta manera, muchas personas sensibles hacia el deterioro ambiental no perciben las diferencias entre la ganadería productivista y la extensiva, rechazando globalmente consumir alimentos de origen animal.

Consecuentemente, necesitamos herramientas que reconecten ciudad y campo, para que las decisiones que se toman con respecto a qué consumir, y por qué hacerlo, se hagan con una información veraz y contrastada, y no con el runrún simplista y sesgado que invade los medios. La propia PAC debería potenciar nuevos vínculos de confianza entre el sector del consumo y el de la producción más sostenible, por ejemplo, la certificación ecológica, los sistemas participativos, los circuitos cortos de comercialización o la compra pública sostenible.

Iniciativas como la coalición #PorOtraPAC apuestan por incorporar a la política agraria no sólo el binomio alimentación y salud, mayoritariamente aceptado, sino un verdadero sistema alimentario sostenible, que apueste por la ganadería extensiva en un contexto global de reducción del consumo cárnico[3]. La PAC debe ser más justa con las personas que mantienen estas producciones. En caso contrario, acabaremos viendo dehesas y pastos solamente en los documentales de la BBC. Eso sí, mientras tanto, podremos atiborrarnos hasta enfermar de carnes producidas de forma industrial, insensibles a los costes reales de su producción.

Notas y referencias

[1] Haciéndonos eco de los siguientes artículos:  Schader, C., Muller, A., Scialabba, N.E.-H., Hecht, J., Isensee, A., Erb, K.-H., Smith, P., Makkar, H.P.S., Klocke, P., Leiber, F., Schwegler, P., Stolze, M., Niggli, U. (2015). Impacts of feeding less food-competing feedstuffs to livestock on global food system sustainability. Journal of The Royal Society Interface 12, 20150891. http://dx.doi.org/10.1098/rsif.2015.0891 , o por Röös, E., Patel, M., Spångberg, J., Carlsson, G. & Rydhmer, L. (2016). Limiting livestock production to pasture and by-products in a search for sustainable diets. Food Policy 58, 1-13. http://dx.doi.org/10.1016/j.foodpol.2015.10.008

[2] España es cabeza mundial en consumo de antibióticos veterinarios y la contaminación por nitratos afecta a enormes superficies de terreno de cultivo, receptores de la práctica tolerada de simplemente tirar al suelo los purines de las granjas industriales.

[3] Ver, por ejemplo, el siguiente artículo de The Lancet: https://www.thelancet.com/journals/langlo/article/PIIS2214-109X(14)70381-X/fulltext

PIE DE FOTO: La ganadería extensiva genera más empleo y aprovecha espacios no agrarios. Foto: FENT

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Verónica Hernández Jiménez y Lara Paula Román Bermejo del Observatorio para una Cultura del Territorio (OCT) / Pedro M. Herrera de la Fundación Entretantos.

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